sábado, 21 de febrero de 2009

Cuero III

Mi cara no debería ser precisamente la más lozana de la oficina aquella mañana. Cualquiera que se fijase minimamente en mí, creo que me sobrarían los dedos de una mano para contar quien me miraría a los ojos durante toda la jornada laboral, se daría cuenta que no era precisamente el virus de la gripe lo que había vuelto aún más amoratadas mis acostumbradas ojeras.
Andaba yo tratando de ingerir un café cuando vi aparecer por allí a mi metódico amigo con una sonrisa que iluminaba su faz como pocas veces yo le había visto. Cualquier indicio de resaca era pura fantasía. En un torrente verbal poco acostumbrado en él, me comentó que la noche anterior había sido la más feliz de su vida, yo escuché impertérrito como gracias al ambiente inspirador del último templo que visitamos, no me quedó más remedio que carcajearme ante tal definición, había escrito más en una sola noche que en los varios años que llevaba encadenado a su bolsa de cuero.
Ya me había acostumbrado a las rarezas de mi compañero y sabía que con él todo era posible.
Pasé el día embotado en mi silla y realizando las tareas más rutinarias y que menos me hiciesen acordarme del dolor de cabeza que martilleaba mis sienes.
En las siguientes semanas el escritor metódico me invito a repetir la correría originaría, ya que argumentaba que sin mi presencia la inspiración era menor. Mentiría si dijese que no le acompañé en más de una ocasión; ¡Todo sea por el arte!
Pasado, quizás, un trimestre desde nuestra primera noche juntos, las circunstancias de la vida provocarón que yo me cambiase de trabajo, harto de filipinos y cuentos chinos busque un nuevo lugar en dónde empezar a quemarme a fuego lento con tal amor al método como mi amigo profesaba.
Perdí casi toda la relación presencial con el escritor metódico y de su inseparable bolsa de cuero, aunque si es cierto que la conservamos vía correo electrónico durante un tiempo. Gracias a esto supe que repetía regularmente la liturgia del lupanar (como acabamos denominándola) y sus pergaminos se iban llenando de indelebles palabras.
Pasado un año deje sin contestar una de sus misivas, y él muy orgulloso no volvió a dar señales de vida hasta que.... (Continuara o no)

lunes, 19 de enero de 2009

Cuero II

Aquella tarde inconcebible era resultado de una semana tan densa como tensa, maldecía a los vendedores de mi empresa que habían decidido colocar el exceso de stock en nuestra otrora colonia Filipinas, complicando mi labor hasta lo indecible. Justo cuando me debatía entre desatar el ataque de histerismo o el de pánico apareció ante mis ojos el cilindro de cuero que siempre iba unido a mi peculiar amigo.
Harto de todo aquel inútil papeleo decidí aceptar su sugerencia y salir en busca de una cerveza. Era algo que hacíamos habitualmente, sin previo aviso, como única ceremonia de invitación: un leve gesto de cabeza.
No tardó más que dos sorbos, largos e intensos eso sí, en confesarme su creciente desesperación. Llevaba más de un mes sin conseguir escribir una palabra, no es que antes su ritmo se pudiese calificar precisamente de frenético, a lo sumo dos o tres vocablos a la semana, pero siempre barajaba en su mente un amplio abanico de posibilidades para continuar el texto. Pero ahora era incapaz de seguir, atorado, varado, anclado en un baldío creativo que le mortificaba. Impresionado por su inutilidad, devoraba sediento de inspiración una caña tras otra.
Buscando a la musa inspiradora o a alguno de sus parientes mas cercanos, entramos en diversos, bares, disco bares, disco pubs y simples pubs que encontramos en nuestro camino. Insensible a la ingente cantidad de güisqui consumida, la llama creadora no terminaba de encenderse a pesar de que nuestras entrañas albergaban una cantidad altamente inflamable de alcohol.
Mi amigo se dejo embelesar por los ofrecimientos que recibimos de un charlatán e incompleto comercial, no recuerdo exactamente si era cojo o manco pero si puedo asegurar que le faltaba una extremidad, que nos llevó directamente a un antro en el cual una serie de jovencitas, y no tan jovencitas, se despojaban de las escasas prendas que vestían al son de ritmos supuestamente sugerentes.
Aturdido por el espectáculo me recoste sobre la agujereada imitación de piel que recubría los sillones del local, recuerdo a mi compañero de faena enfrascado en una conversación de tintes negociadores con una de las camareras. Le perdí de vista al poco tiempo, bebí lo que me quedaba de copa con más desgana que interés y me apresté a abandonar el lugar convencido que el escritor metódico no había encontrado a su ninfa literaria pero si una más corpórea y accesible.
Mayúscula fue mi sorpresa al verle recostado sobre una mesa, la más apartada del escaso público presente, escribiendo a un ritmo nada desdeñable. Di por sentado que su propósito había muerto de la peor manera posible: borracho en una andrajosa mesa de un bar de putas.
(Continuará o no...)

sábado, 3 de enero de 2009

Cuero

Estaba unido a su bolsa de cuero como un niño a su madre por el cordón umbilical, pareciese que no pudiese respirar sin ella, que necesitase su continuo contacto para seguir viviendo. No la dejaba ni a sol ni a sombra y rehuía cualquier acto que le supusiese separase de ella.
Tuvieron que pasar muchos meses y unos cientos de cervezas para que la abriese delante mío y me mostrase su contenido: un atajo de pergaminos unidos por una bella cinta plateada, una carga como traída directamente del escritorio de cualquier alquimista o nigromante del bajo medievo.Atónito me quedé al comprobar que sólo el primero de ellos, ya que todos estaban numerados, estaba escrito y no en su totalidad. Inquiriendo las razones de tanto celo en el cuidado de algo en mi criterio tan insignificante, descubrí que el buen juicio de mi amigo quizás corriese un peligro mayor del que indicaban sus extrañas costumbres.Afirmaba, sin el asomo de algún rubor en su rostro, que encontró esos papeles en un viejo lagar familiar en donde se pisó la uva hasta bien entrado el siglo pasado, cuando fueron a vaciarlo para venderle el terreno a una inmobiliaria. Al descubir tales papeles, se desveló en su alma un deseo hasta ese momento inaudito en su existencia, escribir en ellos un texto tan perfecto que no tuviese parangón ni en el pasado ni en el futuro de la literatura.
Ante tal revelación no me quedó más remedio que armarme de aplomo y pedir otra ronda de cervezas con la que ahogar los gritos de mi sorpresa. Desatada su lengua era imposible frenar su relato y yo ya ardía en deseos de conocerlo hasta su último detalle. Me confesó que para llevar a cabo tal obra, debía cumplir dos reglas que le fueron otorgadas al mismo tiempo que los pergaminos:
1) Debía escribirla únicamente y necesariamente en esos papeles.
2) Cualquier palabra en ellos grabada jamás podría ser modificada o borrada.
Mi amigo me hizo ver lo dificultoso y casi rocambolesco en que convertía su tarea estas dos condiciones, protegiendo los papiros de cualquier daño (de ahí su inseparable e inexpugnable bolsa de cuero) y eligiendo cada palabra con un mimo digno de un neurocirujano operando. Por supuesto, él conocía al dedillo todo lo que llevaba redactado porque sentía como un auténtico y lacerante parto el escribir cada escogido vocablo, hijos como Atenea de un egregio dolor de cabeza.
Pero ésta no era la parte más dura de su misión (como él mismo la llamó en numerosas ocasiones en nuestra conversación), ya que, aunque el alumbramiento era doloroso, tenía como conclusión la vida. Era peor cuando acariciaba una palabra y después como por arte de ensalmo se le olvidaba y se le moría. Ya le había sucedido en repetidas ocasiones, por lo tanto había tomado la determinación de llevar siempre consigo sus papeles y así en cualquier momento anotar unas nuevas letras en ellos.
Ésta fue a grandes rasgos mi primera conversación seria con el escritor más metódico que jamás haya conocido hasta la fecha.
(Continuará, o no...)

sábado, 20 de diciembre de 2008

Fijar, anclar y clavar

Parece mentira que Brausencito sea capaz de matar otro año más y que no haya sido a la inversa. ¿Cuantos más será capaz de asesinar nuestro héroe con sus propias manos?

Creo que una de las razones más importantes por las que escribo es la que paso a explicar (o al menos tratar de hacerlo) a continuación.
Fijar, anclar o clavar algo de mi vida con palabras, crearme la ilusión de eternidad en escritos de dudoso valor pero indudable efecto terapéutico. Es mi obsesión (y la de cualquier persona) contemplar y no poder hacer nada ante el continuo paso de cada instante, dejando, a lo sumo, recuerdos, cicatrices, borra en el fondo del alma.
Me da miedo pensar en como se acelera la vida, semanas que vuelan dentro de lugares comunes en espirales que hunden su raíz en la muerte, cada vez con giros más vertiginosos, mezclando años con meses y semanas sin poder identificarlos.
Tecleando estas palabras lanzo un destartalado y fracasado desafió a la muerte, sabiendo que quedará olvidado con el paso de un par (a lo sumo) de décadas. Es una guerra perdida pero necesaria.
Casi nunca releo nada de lo que he elaborado, me da tal pudor que me siento casi incapaz, pero alguna vez aparece ante mí, casi mágicamente, algo que me turbaba, me preocupaba o pensaba hace años en forma de escrito. Y eso me reconforta, porque el que fui (con todo lo que eso implica) está ahí, fijado, anclado o clavado a una hoja de papel por quien sabe cuanto tiempo.

Brausencito recomienda una canción de Bruce Springsteen: The wrestler, que aparece en la película del mismo nombre.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Veintitrés

Estaba pensando como era mi vida cuando tenía veintitrés años, y tengo que hacer cálculos para poder recordar. Estamos a finales del 2008 y tengo veintinueve años, por lo tanto, cuando yo cumplí veintitrés corría, por la tierra occidental que habito, el año del señor: 2002.
A grandes retazos en el 2002 se acabó la beca que tenía desde el 2001 y representaba mi primera experiencia laboral, estuve parado dos meses e hice un curso de informática en el INEM, el cual tuve que abandonar, justo cuando se empezaba a poner interesante, porque encontré trabajo en una empresa para la que posteriormente trabajé casi cinco años.
Fui a Barcelona en un autobús a ver uno de los mejores conciertos de Springsteen que he vivido, anduve por Galicia y jugaba al fútbol cada dos por tres. Lo que no pasaba por mi cabeza era morirme.
Hace casi un mes se murió en mi empresa el más joven de todos mis compañeros, con tan sólo veintitrés años de edad. Tras un mes de enfermedad José Manuel nos dejó. Tan simple y tan duro como eso, su vida llegó al fin cuando todos pensamos que debe comenzar. Estas son las reglas de juego, se sabe cuando se comienza pero no cuando se termina. Tus planes, ideas pasiones y decepciones no cuentan, simplemente son eliminados. Si existe Dios, el destino o como queráis llamarlo, ¿Por qué hace esto? ¿Ejemplo, castigo u oscura diversión? Prefiero consolarme pensando que todo es casualidad y que la rueda de la Fortuna apagó su aliento como el viento derriba las caducas hojas otoñales, unas antes y otras después pero sin trazar brillantes planes para cada una de ellas.
Cada letra, cada nota, cada sonrisa son únicas e irrepetibles, por suerte yo compartí algunas con José Manuel y forman parte de mi mar interno lleno de vida, y que yo, a su vez comparto con otras personas contagíandome de su luz y reflejándola como la luna al sol.
Buena suerte José Manuel, donde quiera que estés, hasta siempre.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Odio

Brausencito recorre con ávidos ojos algunos de los escritos de Alejandro (el cual solo fue llamado Alex por su santa madre). Ha decidido sacar a la luz uno basado en un pasaje del libro: Juegos florales de Sergio Pitol.

Era inmundo el estado del campo santo en que se encontraba el ataúd, abandonado y vejado continuamente por algún tipo de secta satánica que usaba aquel destartalado cementerio para sus paranoicas ceremonias.
Los amigos y familiares del finado no comprendían el porque de enterrar allí a Mario ya que su posición social era más que desahogada. Achacando a la excentricidad la toma de esa decisión partieron cada cual a su hogar.
Sólo su viuda comprendía que hacía el cuerpo de su marido allí sepultado: un deseo inusitado de venganza, que sufriese eternamente las culpas de su vida terrena.
He aquí que la viuda, llamada Violeta, tenía preparado perfectamente su plan de revancha eterna. Comenzó a escribir a las médiums más reputadas de toda Europa, por alguna razón consideró que las mujeres centro europeas tenían canal abierto con los muertos ya fuesen rusos o japoneses, y concertar citas con ellas.
Aún se recuerda en la consulta de la señorita Ingerson (que a pesar de rondar los noventa años insistía en su condición de señorita) el encuentro con Violeta. Tras el pago por el adelantado de una cantidad nada desdeñable de oro, la señorita Ingerson comenzó a realizar sus famosos movimientos preparatorios de incalificable obscenidad para cualquier observador que la contemplase por primera vez. Tras unos instantes de tensa calma, solicitó a Violeta el nombre del espíritu con el que deseaba conversar, sin vacilar la viuda contesto: "Mi marido Mario". A continuación la señorita Ingerson cambió radicalmente de voz, e incluso como recordaba posteriormente Violeta de acento, y pronunció un : "Hola" que dejó helados a todos los presentes. En ese momento una de las damas que acompañaban a la inconcebible señorita Ingerson indicó con un sutil ademán que la transmutación de almas se había llevado a cabo y Mario hablaba en boca de la estrambótica anciana. Violeta comprobó la identidad del supuesto Mario con alguna pregunta intima que sólo él debería conocer la respuesta. Fue ya una vez asegurada la presencia de su marido cuando lentamente, comenzó un discurso, que sin lugar a dudas había preparado con sumo cuidado, en donde declaró de manera tan fría como impasible, que no pensaba dejar descansar en paz a Mario. Violeta fue perdiendo poco a poco las formas y acabó insultando procazmente al finado. La señorita Ingerson se revolvía tratando de controlar el espíritu ajeno que albergaba, la escena acabó con Violeta obligada a abandonar la sala por la fuerza, fueron necesarios los dos nietos más hercúleos de la señorita Ingerson para sacar a la desquiciada clienta de la consulta.
No sería esta la única vez que la viuda solicitó esta clase de servicios y siempre con el mismo resultado: insultos y gritos, ya fuesen al alma de su marido muerto o la médium por considerarla un fraude. En más de una ocasión hubo de intervenir la fuerza pública para calmar los ánimos.
Las videntes se negaron a recibir a Violeta, a pesar de usar nombres falsos y estar dispuesta a pagar cifras disparatadas por su ayuda, su plan de castigo eterno a Mario corría peligro.
Negandose a abandonarlo, fue ella misma la que comenzó el estudio de las ciencias ocultas. Pasaba largas horas leyendo vetustos libros adquiridos a dudosos magos de esquivas miradas. Su biblioteca esotérica creció a la misma marcha que menguaban sus rentas. Todos temían por su salud mental.
Su única hermana trataba de evitar esta afición, invitándola a exóticos viajes, fastuosas fiestas y todo tipo de espectáculos, pero Violeta ponía cualquier excusa para no asistir a tales eventos. Una vez Luisa, olvidando el miedo que sentía hacía su hermana mayor:
-"¿Por qué, Violeta, por qué todo esta locura?, ¿Qué te hizo Mario?"
-"Luisa, no lo entenderías."
Y así vivió años y años, invocando ella misma el espíritu de su marido para martirizarle con insultos y asetearle con todo lo que más odiaba Mario en vida, creando un puente de ira entre dos dimensiones.
Luisa siempre pensó que su hermana fue feliz gracias al odio como ella lo había sido gracias al amor.

Brausencito ha tecleado esta historia de Alejandro (sólo su madre se atrevió a llamarle Alex) mientras escuchaba a su último gran descubrimiento musical: The gaslight anthem.

jueves, 16 de octubre de 2008

Alejandro

Todos los días Alejandro (sólo su madre se atrevió a llamarle Alex) llegaba al mismo punto, de lunes a viernes directamente desde su oficina, sábados y domingos desde su domicilio. La librería a la que iba no tenía ningún encanto especial, era una tienda más de la Casa del Libro como tantas otras esparcidas por la ciudad, pero a él le gustaba porque nadie le molestaba, podía vagar tranquilamente entre las estanterías y las mesas repletas de libros sin que nadie le distrajese. Esperaba una llamada, un reclamo, que alguna de las obras que habitaban bajo ese techo se le declarase. Con el tiempo Alejandro (sólo su madre se atrevió a llamarle Alex) aprendió que no todos los libros eran sinceros, algunos hacían lo que fuese por salir de esas cuatro paredes que no consideraban su hogar y fingían ser más interesantes de lo que en realidad eran, otros suplicaban y prometían diversión sin fin con tal de verse liberados del código de barras que oprimía su contraportada. Nadie más oía estos gritos y lamentaciones, Alejandro (sólo su madre se atrevió a llamarle Alex) lo achacaba a que sólo él les escuchaba realmente. Tras deliberar y sopesar las razones que le presentaban las distintas obras, compraba un libro o lo sumo dos, si eran especialmente delgados y desvalidos, volvía a casa y no se acostaba hasta que se terminaba los volúmenes adquiridos.
Este era su ritual cotidiano, se podrían contar con los dedos de la mano las jornadas en los que Alejandro (sólo su madre se atrevió a llamarle Alex), falto a la cita diaria con los prisioneros de la Casa del Libro.
Vivió así y por tanto feliz: treinta y dos años, ocho meses, catorce días, trece horas, diez minutos y un número indefinido de segundos, ya que esa tarde al emprender la lectura de la página cincuenta y tres de "Doña Perfecta" , no pudo continuar. No era capaz de leer ni una línea más, ni siquiera una palabra o una huérfana letra. Notó como su cabeza repleta, llena, había llegado al tope de lectura que podía asimilar. Pensando que era algo transitorio decidió acostarse sin acabarse el volumen que había comprado esa misma tarde, por primera vez en, quizás, un lustro.
Como viene siendo habitual desde hace millones de años, la mañana siguió a la noche, y inevitablemente la tarde a la mañana y Alejandro (sólo su madre se atrevió a llamarle Alex) faltó a su cita con la casa del libro, ya que no había concluido el adquirido en la víspera. Hecho que no pasó desapercibido a una de las cajeras del establecimiento, lo que a su vez provocó un comentario jocoso, pero sin malicia, de ésta al guarda de seguridad que vigilaba con aire marcial la única salida de la franquicia. Ambos rieron con sana naturalidad y una chispa de algo parecido al cariño en sus ojos.
Casi a la carrera llegó nuestro protagonista a su casa, y no fueron pocos los vecinos que pensaron llamar a la policía al oír os gritos que profirió Alejandro (sólo su madre se atrevió a llamarle Alex) al comprobar que la acción benéfica de la noche no había conseguido devolverle la capacidad de la lectura.
Conjeturó sobre todas las alternativas posibles y siempre llegaba a la misma conclusión: había llegado al tope de palabras que cabían en su cráneo. Por lo tanto, la solución era muy simple, tenía que vaciarlo. La pregunta era: ¿Cómo?. Intentó los métodos más clásicos: miccionar y defecar, pero como luego pensó, que se vaciase su cuerpo no significa que lo hiciese su cerebro. Probó: vomitando, hurgándose en la nariz tratando de hallar un tapón que le vaciase la mente como una bañera, taladrándose el oído con todo tipo de artilugios, pero el resultado era siempre el mismo: frustración sin limites.
Llevado por la desesperanza Alejandro (sólo su madre se atrevió a llamarle Alex) salió a la calle buscando una solución, como es habitual no encontró ninguna, pero si un bar en donde ahogar las penas. Ni borracha su cabeza le permitió leer una sola sílaba con la que aliviar su angustia.
Por segundo día consecutivo, cosa inaudita hasta la fecha, Alejandro (sólo su madre se atrevió a llamarle Alex) se acostó sin terminarse un libro.
Los días siguientes fueron un infierno, desesperado tomó papel y lápiz dispuesto a explicar las razones de su inminente suicidio. De un tirón dejó su testamento escrito e inconscientemente lo releyó para confirmar que quedaba meridianamente claro porque decidía colgarse de la araña, hermosa herencia familiar pero no destinada a tal fin. Cuando se estaba ajustando el nudo de la cuerda, el mercado de sogas es cada vez más escaso, se dio cuenta de haber leido su propia despedida, y fue tanta su alegría que casi se ahorca tratando de desasirse del nudo que un momento antes deseaba le agarrase para siempre.
De nuevo los vecinos estuvieron a punto de llamar a la policía al oír los gritos que Alejandro (sólo su madre se atrevió a llamarle Alex) profirió al comprobar que podía leer de nuevo y avanzar en la trama de "Doña Perfecta". Su gozo fue corto ya que únicamente puedo hacerlo durante dos páginas, notandose el cerebro repleto de palabras otra vez. ¿Qué pasaba? ¿Qué sucedía? ¿Qué genio maligno se reía así de él?
No duró mucho esta vez su malestar, porque en seguida recapacitó sobre lo sucedido,había vaciado su cabeza de palabras: ESCRIBIÉNDOLAS. El experimento no se hizo esperar y Alejandro (sólo su madre se atrevió a llamarle Alex) anotaba cada palabra que leía, copiaba las letras impresas a su grafía manual.
Al principio el nuevo método le disgustó ya que relentizaba su marcha, ya no podía leer un libro diario y por tanto ya no iba cada tarde a su Casa del Libro a oír las suplicas de sus habitantes. Pero después, descubrió, que así, copiando cada palabra, disfrutaba más de cada obra, saboreando matices hasta entonces desapercibidos. De hecho Alejandro (sólo su madre se atrevió a llamarle Alex), jamás volvió a comprar un libro.
Cuando los vecinos, finalmente, llamaron a la policía, alarmados por el mal olor que nacía de la casa de su vecino, ésta se encontró, además del cadáver putrefacto de Alejandro (sólo su madre se atrevió a llamarle Alex), cientos de hojas de papel perfectamente numeradas y ordenadas.
Al lado de cada "libro original" se encontraban sus versiones manuscritas. Una de las camilleras del Samur, gran aficionada de la lectura, se entretuvo leyendo estas copias mientras esperaban que el juez levantase al finado. Sorprendida quedó cuando comprendió, que la primera copia de Andanzas del imprensor Zollinger era totalmente fiel al original, pero que la segunda variaba, levemente, respecto a la primera y que una que una eligida al azar solo tenía un lejano parecido con la genuina.
Actualmente los estudiosos de la obra de Alejandro (sólo su madre se atrevió a llamarle Alex) discuten si se pueden llamar versiones a estas copias o son libros originales de por si. Son varias las teorías que explican, desacertadamente, porque empezó nuestro héroe comenzó a copiar los libros que leía.