domingo, 12 de enero de 2014

El caballo perdido - Felisberto Hernández


Felisberto Hernández fue un pianista y escritor uruguayo que desarrolló su obra en el siglo XX. Hasta 1940 alternó ambas facetas, pero a partir de esa fecha se dedicó en exclusiva a la literatura.
Es uno de esos casos de artista a los cuales se llega a través de otro amante de las letras, en mi caso fue Darío Jaramillo quien me condujo a este magnífico creador de frases, para mí, hasta ese momento, desconocido.

El Caballo Perdido trata sobre los recuerdos, Felisberto habla sobre su relación con su profesora de piano y su abuela, cuando empezaba a aprender los rudimentos del noble arte de entresacar sonidos de las tensas cuerdas del aparatoso mueble. La primera parte del relato puede ser convencional, afloran los roces entre Celina, su abuela e inclusive los muebles del estudio donde toca, vivos y animados para el pequeño Felisberto. Pero es la segunda parta de la historia, en donde el genio del escritor se torna apreciable y tangible. Aquí aparece un hombre maduro presente que no se reconoce en el niño que habita en la primera parte de la narración.

"Me entregaba a la inercia que toman los pensamientos cuando uno siente la maligna necesidad de amontonarlos porque sí, para sentirse uno más desgraciado y convencerse de que la vida no tiene encanto". Con semejante estado de ánimo el recuerdo de Celina  cobra vida propia dentro de él, de un Felisberto que ya no es nada de lo que era cuando se generó esa impresión en su alma.

A veces me da miedo leer lo que he escrito hace años, es como si la persona que lo hizo hubiese desaparecido, todo lo que sentía, me impulsaba y trataba de plasmar en palabras se ha evaporado como un grito en la luna, sin que nadie haya reparado en ese cambio, ni siquiera la misma persona, que trata ahora de hacer lo mismo, se comprenda y mira como a un extraño a áquel que no es sino el mismo en otro momento de su vida. De años enteros quedan, olores, de épocas de una vida, instantes, de sentimientos desgarrados, imágenes, todo tamizado y destilado por el paso del tiempo y su inabarcable paciencia.

A Felisberto de la época de las clases con Celina le quedó: " por eso más adelante -y a pesar de los instantes angustiosos que pasé en aquella sala - nunca deje de mirar a los muebles y a las cosas blancas y negras con algún resplandor de magnolias" 

Maravilloso escritor.


domingo, 22 de diciembre de 2013

Las puertas de la percepción. Cielo e infierno - Aldous Huxley

Es imposible saber si el color azul que tanto me gusta y ven mis ojos es exactamente igual al azul que ven unos ojos ajenos. No hay manera de comparar si ambas visiones son iguales, si mi azul es igual a tu azul, si a mí me gusta porque lo siento diferente a como lo haces tú, quizás existe un mundo, unas antípodas de la mente, como dice Aldous Huxley en donde los colores no estén contaminados por lo que nosotros hemos vivido, en donde nuestra mente selectiva se olvide de su misión y podamos penetrar en el esplendor total de la percepción sin barreras del mundo que nos rodea.

Huxley nos comenta su experiencia con la mescalina, principal alcaloide del peyote, y como su manera de percibir el mundo cambió totalmente al tomarla. Es muy interesante leer sus comentarios: como empieza a ver los colores más puros y las formas pierden la especificidad del instante para convertirse en un modelo universal, esto le pasa por ejemplo con una silla. Si al tomar algún tipo de sustancia nuestra manera de ver el mundo cambia, y con esa mutación, nuestra manera de pensar se modifica, quizás, así podamos explicar las diferencias de criterio en muchas materias, es como vemos las cosas lo que nos empuja a meditar de una manera diferente. Como comenta Huxley, quizás los esquizofrénicos no tengan desarrollada la mente selectiva, útil para la vida práctica, que elimina todos los detalles que no son importantes para nuestra supervivencia, y perciban una cantidad de información que no son capaces de procesar de manera correcta y les lleven a mantener comportamientos extraños.

Otro punto muy interesante que deja caer el escritor inglés en sus dos ensayos, es la necesidad de trascender de su vida habitual que tienen los seres humanos, ya sea mediante el arte, la religión, la música o las sustancias químicas. Es muy esclarecedor el ejemplo que da sobre los místicos de la Edad Medía, como las mortificaciones a las que se sometían, hacían que se autodrogasen y sufriesen visiones de los que ellos pensaban que era Dios

Dejo como final de este comentario esta cita del libro: "Lo que hace falta es una nueva droga que alivie y consuele a nuestra doliente especie sin hacer a la larga más daño del bien que hace a la corta. Una droga así tiene que ser poderosa en muy pequeñas dosis y sintetizable. Si no  posee estas cualidades, su producción como la del vino, la cerveza, los licores y el tabaco, dificultará el cultivo de los alimentos y fibras indispensables. Debe ser menos tóxica que el opio o la cocaína, tener menos probabilidades que el alcohol o los barbitúricos de producir consecuencias sociales desagradables y hacer menos daño al corazón y a los pulmones que los alquitranes y la nicotina del tabaco. Y, en el lado positivo, debe producir cambios en la consciencia que sean más interesantes e intrínsecamente valiosos que el mero alivio o la mera ensoñación, que ilusiones de omnipotencia o escapes a la inhibición"


martes, 10 de diciembre de 2013

Un gato callejero llamado Bob - James Bowen

No hace falta mucho para contar una historia, se puede imaginar, tirar de sueños, subconsciente y conocimientos previos o solamente se tiene que vivir. Muchas veces se mezclan ambas posibilidades; la persona que tiene capacidad para crear directamente desde su cerebro no tiene ninguna experiencia vital que plasmar, así que busca en la vida del resto de la humanidad algo que merezca la pena ser escrito.

Un gato callejero llamado Bob, pertenece al género de historias que han sido vividas por su escritor, y en el caso, de James Bowen, sufrida y disfrutada al máximo. James era un heroinómano en proceso de recuperación cuando se encontró en la puerta de su piso a un gato rubio de fiero aspecto, al que bautizaría como Bob y con el que poco a poco crearía una pareja indisoluble.

Bob ayuda al autor en diversas facetas, una de las más curiosas es la que sigue: cómo cambia el trato que recibe James por parte de los desconocidos cuando va con el gato o no. Sin el felino se siente invisible, nadie le habla ni casi le mira, pero cuando lleva a Bob en sus hombros (es un gato muy especial en varios sentidos) le cuesta avanzar por las calles de Covent Garden ya que son muchas las personas que quieren acariciar a Bob, hacerse una foto con él o incluso hacerle un regalo.

El tener que cuidar de Bob hace que el autor luche por salir adelante, piense en dejar la metadona y en tratar de conseguir ingresos de manera más estable, es el ancla que le fija en el suelo la nube en la que viajaba, pero a veces es complicado el conseguir frenar cuando estás acostumbrado a navegar a plena potencia.

El libro tiene el encanto de las cosas sencillas, redactado sin florituras, James Bowen necesitó la colaboración de Garry Jenkins, escritor "profesional" para conseguir acabar con esta aventura literaria, pero tiene la contundencia de su fuerza de voluntad, que se volvió inquebrantable gracias a la aparición de Bob en su destino. Ver como alguien en tan terribles circunstancias, aunque el autor nunca cae en el pecado de la autocompasión, es capaz de superarlas es una buena lección de vida y por supuesto, al acabar el libro, te entrarán unas terribles ganas de tener un pequeño Bob en tu vida.



sábado, 23 de noviembre de 2013

La muerte de Alec - Darío Jaramillo

La vida te va dando señales, pequeñas advertencias que normalmente desechas o simplemente ignoras, ya que están carentes de significado, o quizás, y esto es lo más terrorífico, solo somos capaces de interpretarlas a posteriori, darles su peso una vez el hecho de ha consumado, sopesar su valor cuando ya nada puedes hacer.

Con La muerte de Alec, he experimentado una de esas sincronías, un hecho relacionado no causal, en este libro ha aparecido Macedonio Fernández personaje clave en el libro que me acabo de terminar: La ciudad ausente, las posibilidades de que aparezca en ambos libros es pequeña. Macedonio no fue una luminaria en su tiempo y aunque su sombra ha ido creciendo con el paso de los años, no es un Galdos o un Dostoyevsky. Lo más curioso de todo es que el libro de Darío Jaramillo habla sobre este tipo de señales, de los "balbuceos del futuro en el presente". ¿Me querrá decir algo el bueno de Macedonio y no sabe como?

El título del libro es bastante claro sobre su argumento, la novela es una larga carta entre dos amigos, en la cual se reflexiona sobre la muerte de un tercero y las señales que los días anteriores precedieron a su muerte. Desde el primer momento sabemos que Alec va a morir, tal como hizo el compatriota de Jaramillo, García Marquez, y añade toques de misterio y esoterismo propios de Poe, creando un ambiente entre místico y predestinado que le da a la obra un aire de fatal inevitabilidad. 

El estilo de Jaramillo es extraordinariamente cuidado, se nota que es un poeta y que cada palabra esta elegida con mimo en su posición y concordancia, y consigue con su devoción por Felisberto Hernández y su Casa inundada que esté buscando ese relato con furor.

Veremos que me deparan a mí esas pequeñas señales que me manda la literatura, mientras tanto seguiré leyendo a Jaramillo, una apuesta segura.



miércoles, 20 de noviembre de 2013

La ciudad ausente - Ricardo Piglia

La ciudad ausente es una historia de amor, amor a la lectura/escritura y amor a una mujer, traspasando las fronteras de lo posible. Macedonio Fernández fue un escritor argentino de principios del siglo XX, mentor de Borges y coetáneo de Roberto Arlt.

Ricardo Piglia, autor de La ciudad ausente, toma la trágica relación entre Macedonio y su mujer Elena como corazón de su novela, el motor será la extraña máquina creada por Macedonio, destinada en un principio a la traducción pero que poco a poco va creando sus propias historias y también sus partidarios y detractores

El libro bebe de varios escritores argentinos: Arlt, Borges y el propio Fernández, con claras referencias a sus obras, por ejemplo se nombra varias veces a Erdosain protagonista de los Siete locos de Arlt. Se construye sobre estas columnas las páginas de este libro, mezclando ficción, con realidad, historia con relatos, política con amor.

Merece la pena ser leída esta obra, por lo original de su planteamiento y por dos de las ideas que yo, humilde servidor, me quedo: la primera, es la extraña isla donde el lenguaje va evolucionando continuamente y sus habitantes no pueden aprender más que un idioma cada vez. La consecuencia inmediata de esto es que la escritura deja de tener sentido, ya que cuando leen lo que han plasmado en el papel, ya no lo comprenden porque su lengua ha evolucionado tanto que les parece un jeroglífico ininteligible. Una isla sin clásicos, solo con comunicación oral como sería la Tierra hace unos cuantos milenios: levemente humana.

La segunda, es tangencial al libro y por tanto levemente propia, trata sobre los sedimentos que van formando capas en nuestra vida, como Arlt y Macedonio, escritores minoritarios impulsaron a Borges, que a su vez fue una de las primeras influencias de Piglia, personajes que son como arena en el fondo de un colador, o como la borra del café (Benedetti es mi propio poso) que se va acumulando en el fondo de nosotros mismo y tiñen el agua virgen que vierten en nosotros con ese color característico que imprimimos a todo lo que hacemos. Semillas que van cayendo en nosotros y que a veces germinan de repente, o quizás, más bien poco a poco sin que nos demos cuenta, en rosa de cobre, en un pequeño Brausen o en un simple beso. Huellas a seguir, pasos a encontrar.

Una interesante manera de empezar la temporada de frio en Madrid puede ser: La ciudad ausente.