lunes, 18 de mayo de 2009

Ausencias

Ausencias, telegrafiadas o soñadas, previstas o equilibristas, desilusionantes o innecesarias, mortales o vivificantes, insurgentes o trémulas, despiadadas o salvadoras, toda una existencia llena de ausencias, de mi vida en la tuya, de la tuya en la mía.
No tuve el placer de encontrarme personalmente ni a Mario, ni a Antonio, pero parecía que ellos en ocasiones me conocían mejor yo mismo, que eran capaces de leer a través de mis corazas de alma dura. En otros momentos trataba yo de descifrar el significado de sus versos más intimos, buscando entelequias y combinaciones rocambolescas para conciliarlos con mi estado de animo en ese momento.
Allí han estado y estarán, mientras siga caminando bajo este cielo que se nos cae poquito a poco, en mi cabeza, en mi corazón, en mi alma, temblando juntos ante la inverosimilitud del mundo.
Para dejar una huella en el suelo primero debes haber pisado, para poder mirar atrás tienes que andar, para que haya una ausencia debe haber un encuentro.
Encuentros, telegrafiados o soñados, previstos o equlibristas, desilusionantes o innecesarios, mortales o vivificantes, insurgentes o trémulos, despiadados o salvadores, toda una existencia llena de encuentros, de mi vida en la tuya, de la tuya en la mía.

lunes, 2 de marzo de 2009

Cuero IV

Perdido en el diluvio de mi vida transcurrieron un par de nebulosos lustros hasta que volví a tener noticias del escritor metódico. No sé muy bien como, me había trasladado al menos dos veces de domicilio en ese periodo, llegó a mí casa un paquete cuyo remitente era él. Al desempacarlo me encontré con nada menos que su inseparable cilindro de cuero con su sistemática obra concluida y firmada. Una escueta nota acompañaba al bulto, la transcribo literalmente:

"Conseguí acabar mi misión y he aquí el resultado. Al lugar a donde voy no la necesitaré más. He grabado a fuego en mi alma las dos mil quinientas veintitrés palabras que le robe a los dioses y plasmé en esos papeles. Puedes leerlas tanto como desees, pero jamás dejar que nadie más lo haga y destruirlas cuando sepas que vas a morir. Sé que cumplirás mi última voluntad."

Traté de ponerme en contacto con él para que me explicase su enigmático escrito pero como suponía,cuando al fin lo localicé, su residencia habitual había pasado a ser el cementerio municipal de su pueblo.

Dubitativo, indeciso e iracundo me revolvía en la cama sin saber que hacer, aquellas hojas tenían un enorme valor literario, al menos en mi opinión, y una promesa no hecha me impedía el publicarlas. Soñaba con ser el nuevo Max Brod, pero algo dentro del propio texto evitaba que lo hiciese, era como si realmente no pudiese hacer lo que yo mismo tanto deseaba.

Han pasado unos años desde aquello, al final no he publicado ni una sóla de esas palabras maravillosas, de hecho acabo de lanzarlas por la taza del váter convertidas en decenas de pedazos. Nadie más las leerá nunca.

Esta mañana me han confirmado que un cáncer devora mis entrañas, he visitado a dos especialistas y ambos me han asegurado el mismo diagnóstico. Dentro de poco yaceré en el asiento delantero de mi coche, perdido en el arcén de alguna carretera secundaria asfixiado por sus propios gases. Dicen que es una muerte indolora, no podré ni corroborarlo ni desmentirlo.

Han tenido que pasar décadas y sufrir una enfermedad mortal para darme cuenta que el escritor metódico fue un hombre feliz y no la anécdota tarada que yo creía, de hecho lo poco de especial que he vivido se lo debo a él, a un ser desconocido que se cruzo en mi vida y la ilumino sin yo darme cuenta. Nunca más encontré semejante esplendor, mi biografía es un largo túnel incoloro con una única tronera rebosante de luz, por la cual no quise mirar . Encontré al maestro perfecto pero no acepte ser su pupilo.

No concibo mejor homenaje que morir abrazado a su cuero, con esta confesión en su interior.

sábado, 21 de febrero de 2009

Cuero III

Mi cara no debería ser precisamente la más lozana de la oficina aquella mañana. Cualquiera que se fijase minimamente en mí, creo que me sobrarían los dedos de una mano para contar quien me miraría a los ojos durante toda la jornada laboral, se daría cuenta que no era precisamente el virus de la gripe lo que había vuelto aún más amoratadas mis acostumbradas ojeras.
Andaba yo tratando de ingerir un café cuando vi aparecer por allí a mi metódico amigo con una sonrisa que iluminaba su faz como pocas veces yo le había visto. Cualquier indicio de resaca era pura fantasía. En un torrente verbal poco acostumbrado en él, me comentó que la noche anterior había sido la más feliz de su vida, yo escuché impertérrito como gracias al ambiente inspirador del último templo que visitamos, no me quedó más remedio que carcajearme ante tal definición, había escrito más en una sola noche que en los varios años que llevaba encadenado a su bolsa de cuero.
Ya me había acostumbrado a las rarezas de mi compañero y sabía que con él todo era posible.
Pasé el día embotado en mi silla y realizando las tareas más rutinarias y que menos me hiciesen acordarme del dolor de cabeza que martilleaba mis sienes.
En las siguientes semanas el escritor metódico me invito a repetir la correría originaría, ya que argumentaba que sin mi presencia la inspiración era menor. Mentiría si dijese que no le acompañé en más de una ocasión; ¡Todo sea por el arte!
Pasado, quizás, un trimestre desde nuestra primera noche juntos, las circunstancias de la vida provocarón que yo me cambiase de trabajo, harto de filipinos y cuentos chinos busque un nuevo lugar en dónde empezar a quemarme a fuego lento con tal amor al método como mi amigo profesaba.
Perdí casi toda la relación presencial con el escritor metódico y de su inseparable bolsa de cuero, aunque si es cierto que la conservamos vía correo electrónico durante un tiempo. Gracias a esto supe que repetía regularmente la liturgia del lupanar (como acabamos denominándola) y sus pergaminos se iban llenando de indelebles palabras.
Pasado un año deje sin contestar una de sus misivas, y él muy orgulloso no volvió a dar señales de vida hasta que.... (Continuara o no)

lunes, 19 de enero de 2009

Cuero II

Aquella tarde inconcebible era resultado de una semana tan densa como tensa, maldecía a los vendedores de mi empresa que habían decidido colocar el exceso de stock en nuestra otrora colonia Filipinas, complicando mi labor hasta lo indecible. Justo cuando me debatía entre desatar el ataque de histerismo o el de pánico apareció ante mis ojos el cilindro de cuero que siempre iba unido a mi peculiar amigo.
Harto de todo aquel inútil papeleo decidí aceptar su sugerencia y salir en busca de una cerveza. Era algo que hacíamos habitualmente, sin previo aviso, como única ceremonia de invitación: un leve gesto de cabeza.
No tardó más que dos sorbos, largos e intensos eso sí, en confesarme su creciente desesperación. Llevaba más de un mes sin conseguir escribir una palabra, no es que antes su ritmo se pudiese calificar precisamente de frenético, a lo sumo dos o tres vocablos a la semana, pero siempre barajaba en su mente un amplio abanico de posibilidades para continuar el texto. Pero ahora era incapaz de seguir, atorado, varado, anclado en un baldío creativo que le mortificaba. Impresionado por su inutilidad, devoraba sediento de inspiración una caña tras otra.
Buscando a la musa inspiradora o a alguno de sus parientes mas cercanos, entramos en diversos, bares, disco bares, disco pubs y simples pubs que encontramos en nuestro camino. Insensible a la ingente cantidad de güisqui consumida, la llama creadora no terminaba de encenderse a pesar de que nuestras entrañas albergaban una cantidad altamente inflamable de alcohol.
Mi amigo se dejo embelesar por los ofrecimientos que recibimos de un charlatán e incompleto comercial, no recuerdo exactamente si era cojo o manco pero si puedo asegurar que le faltaba una extremidad, que nos llevó directamente a un antro en el cual una serie de jovencitas, y no tan jovencitas, se despojaban de las escasas prendas que vestían al son de ritmos supuestamente sugerentes.
Aturdido por el espectáculo me recoste sobre la agujereada imitación de piel que recubría los sillones del local, recuerdo a mi compañero de faena enfrascado en una conversación de tintes negociadores con una de las camareras. Le perdí de vista al poco tiempo, bebí lo que me quedaba de copa con más desgana que interés y me apresté a abandonar el lugar convencido que el escritor metódico no había encontrado a su ninfa literaria pero si una más corpórea y accesible.
Mayúscula fue mi sorpresa al verle recostado sobre una mesa, la más apartada del escaso público presente, escribiendo a un ritmo nada desdeñable. Di por sentado que su propósito había muerto de la peor manera posible: borracho en una andrajosa mesa de un bar de putas.
(Continuará o no...)

sábado, 3 de enero de 2009

Cuero

Estaba unido a su bolsa de cuero como un niño a su madre por el cordón umbilical, pareciese que no pudiese respirar sin ella, que necesitase su continuo contacto para seguir viviendo. No la dejaba ni a sol ni a sombra y rehuía cualquier acto que le supusiese separase de ella.
Tuvieron que pasar muchos meses y unos cientos de cervezas para que la abriese delante mío y me mostrase su contenido: un atajo de pergaminos unidos por una bella cinta plateada, una carga como traída directamente del escritorio de cualquier alquimista o nigromante del bajo medievo.Atónito me quedé al comprobar que sólo el primero de ellos, ya que todos estaban numerados, estaba escrito y no en su totalidad. Inquiriendo las razones de tanto celo en el cuidado de algo en mi criterio tan insignificante, descubrí que el buen juicio de mi amigo quizás corriese un peligro mayor del que indicaban sus extrañas costumbres.Afirmaba, sin el asomo de algún rubor en su rostro, que encontró esos papeles en un viejo lagar familiar en donde se pisó la uva hasta bien entrado el siglo pasado, cuando fueron a vaciarlo para venderle el terreno a una inmobiliaria. Al descubir tales papeles, se desveló en su alma un deseo hasta ese momento inaudito en su existencia, escribir en ellos un texto tan perfecto que no tuviese parangón ni en el pasado ni en el futuro de la literatura.
Ante tal revelación no me quedó más remedio que armarme de aplomo y pedir otra ronda de cervezas con la que ahogar los gritos de mi sorpresa. Desatada su lengua era imposible frenar su relato y yo ya ardía en deseos de conocerlo hasta su último detalle. Me confesó que para llevar a cabo tal obra, debía cumplir dos reglas que le fueron otorgadas al mismo tiempo que los pergaminos:
1) Debía escribirla únicamente y necesariamente en esos papeles.
2) Cualquier palabra en ellos grabada jamás podría ser modificada o borrada.
Mi amigo me hizo ver lo dificultoso y casi rocambolesco en que convertía su tarea estas dos condiciones, protegiendo los papiros de cualquier daño (de ahí su inseparable e inexpugnable bolsa de cuero) y eligiendo cada palabra con un mimo digno de un neurocirujano operando. Por supuesto, él conocía al dedillo todo lo que llevaba redactado porque sentía como un auténtico y lacerante parto el escribir cada escogido vocablo, hijos como Atenea de un egregio dolor de cabeza.
Pero ésta no era la parte más dura de su misión (como él mismo la llamó en numerosas ocasiones en nuestra conversación), ya que, aunque el alumbramiento era doloroso, tenía como conclusión la vida. Era peor cuando acariciaba una palabra y después como por arte de ensalmo se le olvidaba y se le moría. Ya le había sucedido en repetidas ocasiones, por lo tanto había tomado la determinación de llevar siempre consigo sus papeles y así en cualquier momento anotar unas nuevas letras en ellos.
Ésta fue a grandes rasgos mi primera conversación seria con el escritor más metódico que jamás haya conocido hasta la fecha.
(Continuará, o no...)

sábado, 20 de diciembre de 2008

Fijar, anclar y clavar

Parece mentira que Brausencito sea capaz de matar otro año más y que no haya sido a la inversa. ¿Cuantos más será capaz de asesinar nuestro héroe con sus propias manos?

Creo que una de las razones más importantes por las que escribo es la que paso a explicar (o al menos tratar de hacerlo) a continuación.
Fijar, anclar o clavar algo de mi vida con palabras, crearme la ilusión de eternidad en escritos de dudoso valor pero indudable efecto terapéutico. Es mi obsesión (y la de cualquier persona) contemplar y no poder hacer nada ante el continuo paso de cada instante, dejando, a lo sumo, recuerdos, cicatrices, borra en el fondo del alma.
Me da miedo pensar en como se acelera la vida, semanas que vuelan dentro de lugares comunes en espirales que hunden su raíz en la muerte, cada vez con giros más vertiginosos, mezclando años con meses y semanas sin poder identificarlos.
Tecleando estas palabras lanzo un destartalado y fracasado desafió a la muerte, sabiendo que quedará olvidado con el paso de un par (a lo sumo) de décadas. Es una guerra perdida pero necesaria.
Casi nunca releo nada de lo que he elaborado, me da tal pudor que me siento casi incapaz, pero alguna vez aparece ante mí, casi mágicamente, algo que me turbaba, me preocupaba o pensaba hace años en forma de escrito. Y eso me reconforta, porque el que fui (con todo lo que eso implica) está ahí, fijado, anclado o clavado a una hoja de papel por quien sabe cuanto tiempo.

Brausencito recomienda una canción de Bruce Springsteen: The wrestler, que aparece en la película del mismo nombre.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Veintitrés

Estaba pensando como era mi vida cuando tenía veintitrés años, y tengo que hacer cálculos para poder recordar. Estamos a finales del 2008 y tengo veintinueve años, por lo tanto, cuando yo cumplí veintitrés corría, por la tierra occidental que habito, el año del señor: 2002.
A grandes retazos en el 2002 se acabó la beca que tenía desde el 2001 y representaba mi primera experiencia laboral, estuve parado dos meses e hice un curso de informática en el INEM, el cual tuve que abandonar, justo cuando se empezaba a poner interesante, porque encontré trabajo en una empresa para la que posteriormente trabajé casi cinco años.
Fui a Barcelona en un autobús a ver uno de los mejores conciertos de Springsteen que he vivido, anduve por Galicia y jugaba al fútbol cada dos por tres. Lo que no pasaba por mi cabeza era morirme.
Hace casi un mes se murió en mi empresa el más joven de todos mis compañeros, con tan sólo veintitrés años de edad. Tras un mes de enfermedad José Manuel nos dejó. Tan simple y tan duro como eso, su vida llegó al fin cuando todos pensamos que debe comenzar. Estas son las reglas de juego, se sabe cuando se comienza pero no cuando se termina. Tus planes, ideas pasiones y decepciones no cuentan, simplemente son eliminados. Si existe Dios, el destino o como queráis llamarlo, ¿Por qué hace esto? ¿Ejemplo, castigo u oscura diversión? Prefiero consolarme pensando que todo es casualidad y que la rueda de la Fortuna apagó su aliento como el viento derriba las caducas hojas otoñales, unas antes y otras después pero sin trazar brillantes planes para cada una de ellas.
Cada letra, cada nota, cada sonrisa son únicas e irrepetibles, por suerte yo compartí algunas con José Manuel y forman parte de mi mar interno lleno de vida, y que yo, a su vez comparto con otras personas contagíandome de su luz y reflejándola como la luna al sol.
Buena suerte José Manuel, donde quiera que estés, hasta siempre.