domingo, 28 de junio de 2015

Lascas

Crecer implica dejar atrás el niño que se fue, tanto físicamente como psíquicamente, pero el infante que fuimos se queda dentro de nosotros, como una luz que nos llena de todo lo bueno que eramos, un deposito repleto de fe, ilusión y bondad que bombea esto brillos al adulto alopécico en el que nos transformamos.

Cada golpe que recibe el adulto, lo sufre el pequeño, cada media sonrisa, cada mirada sesgada, cada mentira, cada promesa truncada, cada pacto quebrado, cada acuerdo engañado,cada media verdad, cada navajazo al bajo vientre, cada pisotón recibido (con tacones o no), cada grito ahogado, cada caricia olvidada, cada abrazo laxo, cada beso esquivo, cada codazo rastrero, cada mentira piadosa, cada reunión hipócrita, cada falsa reverencia, cada arrodillamiento laboral, cada caldera estropeada, cada frenazo con el coche, cada instante perdido, cada playa ausente y cada cuarto decreciente hacen saltar lascas al niño que habita dentro de nuestro adulto alopécico. Un gramo menos de fe, un poso más de oscuridad y un pellizco menos de futuro.

El adulto mata al niño, como el tiempo al adulto, sin remedio y con pasión, nos vaciamos de pureza y nos llenamos de inmundicia, cada lasca perdida nunca será recuperada, no es un Lazaro que se levante y ande a voluntad, como mucho es un Frankestein creado con muñecos y retazos de algo que ya no se es.

Lascas reventadas a golpe de vida, pedazos levantados a fuerza de destino, silencios aferrados a almas perdidas.

PD: Una primera personal del plural cobarde y baldía sustituye a un singular valiente y fecundo.

lunes, 30 de marzo de 2015

Valor

He leído: Morir en África de Luis Miguel Francisco, maravilloso documento sobre los acontecimientos acaecidos en la comandacia de Melilla en 1921. Miles de españoles y, por supuesto de marroquíes,  murieron durante esa campaña. El ejercito colonial español fue obligado a retirarse de todo el frente y situar sus líneas defensivas muy cerca de Melilla.

Durante ese proceso hubo posiciones que fueron asediadas varios días bajo el sol inclemente del verano africano, y que estando aisladas por el enemigo no pudieron recibir ayuda en ninguna de sus formas, los mayores exponente de estas circunstancias fueron: Igueriben o Monte Arruit. Su única elección era la resistencia hasta la muerte o una rendición en inciertas condiciones, bajo estas premisas, que bordeaban la tragedia, muchos actores se comportaron como auténticos héroes griegos: se sacrificaron por sus compañeros, vertiendo generosos su sangre para mayor gloria del altar de la patria (como bien podría haber escrito algún periodista de la época).

Estas luminarias tan brillantes son capaces de dejar en la sombra el continuo de una vida anterior, es tan grande la supernova de ese instante, tan inusual, que revienta la solidez de un día sumado a otro, hasta alcanzar miles. Pudo suceder que el valor de ese sacrificio visceral ocultase la infamia de un ser deleznable, o incluso a la inversa, la flaqueza de un terror incontrolable, cubriese de oprobio un historial de servicio intachable.

El ser humano se suele fijar en estos instantes tan colosales en vez de tener en cuenta los largos días de leves altibajos, pondera más una locura brillante que un valor, oscuro, obstinado y obediente. La verdadera audacia, no ocupa las páginas de los libros; ya que es pequeña y callada, silenciosa en su proceder y enemiga de los focos. Se ocupa de alimentar a los hijos trabajando largas horas, de cuidar a unos padres desvalidos olvidandose de las necesidades de uno mismo o de limar las esquinas de una rutina gris con una lima de color. Se necesita tener muchas agallas para hacer eso, ya que sabes que nadie te lo va a agradecer, protagonizaras novelas, ni se acordará nadie de ti cuando pasen unos instantes.

Sin vestir galones, ni enarbolar banderas, sin uniformes, sin oriflamas áuricas que adornen sus balcones, habitan entorno nuestro verdaderos héroes de lo cotidiano, gigantes de ternura que habitan universos pequeños que llenan con su luz, acostumbrados a pasar desadvertidos e inasequibles a la derrota, continúan peleando por hacer un mundo levemente mejor a los que le rodean. El mundo cambiará cuando ellos sean los protagonistas y los otros los olvidados.




sábado, 21 de marzo de 2015

Ser perdidos

Estar perdido es una cosa y ser perdido otra, la última parece algo que no es, nadie te ha perdido, eres tú quien sabes que no te encuentras, pero no por un instante, en la confluencia de un cruce o en el enmarañado entramado de unas calles estrechas y oscuras, sino que te sabes sin rumbo, derivando en una vida sin timón ni dirección. La consciencia de esa condición es el momento en que todo tiene sentido, de la contradicción máxima, nace la verdad del ser, surcar las olas de la vida dejandote bambolear, sin oponer resistencia, feliz en tu sin rumbo, gozando de cada momento que respiras.

La antítesis se hace sublime en un momento específico, cuando un errante y una perdida emprenden juntos un instante, un segundo, donde se rasga la oscuridad, se resquebraja el infierno de asfalto, donde laten dos almas vacías de sentido pero plenas de vida. Anhelantes de verdad, se comparten los itinerarios errabundos y perdidos por completo se ENCUENTRAN. Podrán surcar el mar ciudad, volar entre el gris contaminado y zambullirse en los mapas del mundo, porque siendo perdidos han hallado, sin esperanza ha nacido un arco iris, desfondados se han posado.

En la contradicción está la vida.


martes, 2 de diciembre de 2014

La fiesta de la insignificancia - Milan Kundera

Tuve una racha de leer de manera compulsiva a Kundera: La broma, La lentitud y como no, la gran conocida de su obra: La insoportable levedad del ser. Grata fue mi sorpresa cuando descubrí: La fiesta de la insignificancia, su última novela.

El libro habla de un grupo de amigos maduro, en un momento del tiempo, que nada tiene de especial, se celebra una fiesta, discuten sobre Stalin, uno de ellos rememora a su madre, podría ser otro día en sus vidas pero es ese, uno que no se distingue del resto, uno que les acerca al fin de sus vidas.

El librito es como una pequeña colección de curiosidades: la relación de entre Stalin y Kalinin, la broma de las veinticuatro perdices,  gastada por el dictador soviético a sus secuaces, recorriendo esa tibia frontera entre lo que unos consideran broma y otros vera (y en la que se mueve toda la encantadora novelita), ya que no son capaces de concebir al gran líder  con la capacidad de generar chascarrillos. También son interesantes la teoría de los perdonazos, aquellas personas que tienen una tendencia innata a pedir perdón, "el que pide perdón se declara culpable. Y si te declaras culpable, animas al otro a seguir insultándote y a denunciarte públicamente hasta la muerte. Éstas son las consecuencias fatales del que pide perdón el primero". O aquella otra hipótesis acerca del buen humor, con una sonrisa todo es posible, absolutamente todo.

Pero quizás la más perspicaz es la que da título al libro: La insignificancia, esa cualidad que nos adorna a la gran mayoría de los mortales, y de la que muchos reniegan, puesta en relación con otra de las constantes en la obra de Kundera, las mujeres: "cuando un tipo brillante trata de seducir a una mujer, ésta tiene la impresión de entrar en una competición. Ella también se siente obligada a deslumbrar. A  no entregarse sin resistencia. Mientras que la insignificancia la libera. La descarga de preocupaciones. No exige ninguna agudeza. La despreocupa y, por tanto, la hace más fácilmente accesible".

El último libro de Kundera que debería ser el primero en ser leído para aquellos que le desconocen
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sábado, 15 de noviembre de 2014

Jesucristo bebía cerveza - Alfonso Cruz


Los que estamos perdidos en el diluvio, flotando sin impulso en el mar de los otros, movidos por golpes de corriente ni queridos ni deseados, a veces, juntando toda la fuerza que somos capaces de reunir, nos aferramos a una boya, porque nos va la vida en ello, y tratamos de resistir ligando nuestro destino al suyo, habitualmente, esta desesperación hace que ambos nos hundamos sin remedio. 

Rosa vive en una aldea perdida del Alentejo, región de Portugal, cuidando de su abuela, cuyo mayor deseo es visitar Jerusalén antes de morir. El profesor Borja, a sus sesenta años, se dedica a hacer pintadas en un impoluto muro blanco con citas de  Diógenes de Enoanda, ambos se bambolean en la riada del diluvio, chocándose, pensándose que cada uno es su salvavidas, equivocándose ambos.

Rosa tiene un físico que hace a los hombres seguirla con la mirada y devora con devoción un librito del oeste llamado: La muerte no oye al pianista. Borja, tiene a la soledad como amiga y un fracaso como herencia sentimental. Su encuentro es una casualidad, ¿Cómo no?, el Profesor se encuentra con nieta y abuela cuando atropella a un jabalí y queda prendado en el momento de la velluda belleza de Rosa.

Aquí es donde Borja cree encontrar su isla perdida en el océano de la vida, volcará toda su voluntad en hacer real el sueño de la abuela, tratará de transformar esa pequeña aldea del Alentejo en Jerusalén, una tarea que le llenará de vida y vigor, ilusión y amor, vomitando en ella una ilusión acumulada en preciosos años de ahorro.

Lo más interesante del libro es que Alfonso Cruz deja abierto el debate sobre qué o quién es lo que impulsa a Rosa a moverse: ¿el amor a Borja o la adoración a Harold Estafania, protagonista de La muerte no oye al pianista? ¿Renunciar a un amor terrenal para dar vida a un amor eterno? Rosa con su inesperada acción creará un mito, una leyenda en el Alentejo. 

Para algunas personas, su devenir caótico diario tiene explicación y solución en la eternidad.

Gran libro, magníficamente escrito, lleno de pequeñas reflexiones que grandes significados: "Uno grita cuando está solo, piensa. Cuando hay otras personas dispuestas a escucharnos no nos hace falta gritar". Que como esta dan para ración y media de pensamiento.


domingo, 2 de noviembre de 2014

Stoner - John Williams


John Williams habla del gris y del marrón, de esos tonos de color que se confunden con el suelo y el pavimento, que generan la mayoría de paisajes que nuestros ojos contemplan, el protagonista de la novela: William Stoner es un claro ejemplo de ello, un ser que no se distingue de entre sus semejantes, aplastado contra el lienzo de la normalidad y vulgaridad, su relieve no se alcanza a distinguir si te alejas diez pasos de la pintura: Un profesor asistente de literatura con sólo una obra publicada, uno como tantos entre los miles que han existido y existirán, uno tan diferente al resto como lo son dos copos de nieve, solo se distinguen sus diferentes aristas si te acercas a ellos con la suficiente calma.

Su vida es normal, sin extraordinarios avatares o estridencias típicas de los argumentos de las novelas. Encuentra su vocación en la enseñanza y una mujer con la que casarse de manera temprana, su existencia está encauzada en unos railes los cuales nunca abandonará. Un tipo encasillado en los márgenes de la habitualidad, un día a día anclado en los pilares de la rutina, un perdedor alejado de las alfombras rojas y de las portadas de los periódicos.

 

Pero John Williams hace que su personaje; Stoner sea mucho más que eso, la mirada de alguien ajeno a él podría muy, fácilmente, calificarle como un ser anodino carente de interés, pero el autor nos hace acercarnos poco a poco a su figura, para ir descubriendo que bajo ese traje gris recubierto del polvo de los libros antiguos que adora, resplandece, irradia, emite una luz propia que provoca que vibre en el aire un halo de amor distintivo y único de Stoner.

 

Y la clave de esa manera de contemplar a Stoner de dos manera distintas se ve en este pasaje de la obra: La memoria de Stoner recorría los hechos de su vida, y los calificaba como suspensos, pero de repente, "recordó vagamente que había estado pensando en el fracaso... como si importará". Y en esta frase está todo el sentido de la obra de Williams, ya que Stoner, lo había hecho todo lleno de desinterés, paciencia de orfebre y mirada de relojero, cuando se hace eso, no se fracasa, se vive.

 

Williams crea un antihéroe que es un verdadero apóstol  de la vida: "No se trataba de una pasión ni de la mente ni de la carne; era más bien una fuerza que comprendía a ambas, como si fuese, más que un asunto de amor, su sustancia específica. A una mujer o a un poema, simplemente decía: ¡Mira" Estoy vivo". Roto el gris en millones de teselas de colores ilumina con su ejemplo nuestra opacidad, una canción que nos haga estremecer, un beso tierno y lento en la mejilla que te haga sentir electricidad en la espina dorsal, un rayo de sol que caliente tus pies en el frio invierno, un paseo viendo los cambios producidos en una calle mil veces transitada, esa es la vida donde no cabe el fracaso, donde solo se alberga la luz, en la cual el gris es solo un disfraz.

 

Stoner, me ha hecho vivir en todas sus facetas: llorar, hundirme, reír y resurgir.





lunes, 8 de septiembre de 2014

Ardiente secreto - Stefan Zweig

Tres personajes, un triángulo escaleno con los ángulos muy desiguales entre sí: un aristócrata, un púber y una madre, los lados se mueven de una manera sutil y natural hasta que dejan en el centro al niño, protagonista absoluto de este libro de Stefan Zweig.

El barón buscaba una  presa con la que poder ejercitar sus dotes de seducción, sus cálculos fríos y metódicos incluían en su ecuación al hijo de su objetivo, a través de él podría acercarse a ella sin hacer esfuerzos, de una manera tan natural como perversa. Ella, estaba en ese momento en que "una mujer tiene entonces que decidir entre vivir su propio destino o el de sus hijos, entre comportarse como una mujer o una madre". La X de esa ecuación, que plantea el Barón, el niño que se emociona ante la amistad de tan distinguido personaje, que rivaliza con su madre por su atención, sin darse cuenta que no es más que un instrumento, un peldaño de una escalera que usa el aristócrata para recoger un fruto del Árbol de la Ciencia

Perdido la inocencia, vislumbrada la realidad, "ahora sabía que los adultos mentían, que recurrían a excusas mezquinas, descaradas, a mentiras que se escurrían por entre los hilos de la estrecha maraña", deja de ser un cándido y empieza a ser un adulto, aprende deprisa, ve "que él que hacía una hora se creía que lo sabía todo, había pasado por miles de secretos y cuestiones sin prestarles ninguna atención." Reflexionando, asesina a su propia niñez, con sus pensamientos afilados degüella lo que quedaba de puro en su vida, "y le pareció como si allí, donde las montañas se deshacían lentamente en el cielo brumoso, yaciera su propia niñez".

En un final magistral, Edgar, el niño se convierte de golpe en adulto, se da cuenta que ha pasado una época de su vida que es imposible de recuperar, pero que delante de sus pies existe un mundo lleno de caminos que él tiene la posibilidad de recorrer, "por primera vez había barruntado la enorme diversidad de la vida. Por primera vez creyó haber entendido la naturaleza humana, que las personas se necesitaban unas a otras, aun cuando les pareciera que eran enemigos, y que es muy dulce ser querido por los demás."

Una novela sobre el aprendizaje totalmente inusual, donde el paso de niño a no niño (algunos nunca nos haremos hombre y/o adultos) está perfectamente descrito y analizado.