miércoles, 7 de mayo de 2014

1914 - Margaret MacMillan

Los cambios suceden como los desbordamientos de los ríos, la lluvia incesante hace que suba el nivel de las aguas hasta que una última gota, desconocida, anónima e increíblemente semejante a las demás, hace que su pequeña aportación cuente más que las del resto, cuando su peso, su diámetro, forma, color y olor es casi idéntica a las de sus congéneres, pero debido a los azares del destino, ella y solamente ella han aportado el volumen de líquido justo para que el cauce que lleva las aguas por su camino, sin perturbar las riveras, no sea capaz de soportar más y la paz reinante se convierta en una guerra de lodo y fango.

Esto es lo que intenta hacer Margaret MacMillan en su 1914, tratar de separar en la lluvia de causas que provocaron la Gran Guerra, aquellas que sumaron muchos hectolitros de problemas y resquemores a los dirigentes de la época y aquellas que solo fueron un chirimiri que mojaba pero no calaba. Para tal tarea, la autora revisa una cantidad ingente de documentación y se remonta al optimismo reinante en Europa a principios del siglo XX. La fe en  el progreso científico, se puede creer hasta en no creer, hacía pensar que el mundo se dirigía a una época de paz y bienestar continua, cada año se patentaban nuevos aparatos que hacían palidecer a los anteriores. Desde 1871 no había guerras en Europa y la exposición universal de Paris de 1900 parecía un hogar lleno de concordia y armonía, pero el rio de la guerra ya llevaba agua, la rivalidad anglo alemana estaba latente, había tensiones para hacerse con los despojos del imperio Otomano y las colonias eran un foco de fricción, ya que todas las potencias querían "hacerse un hueco bajo el sol".

El agua no cesó de caer, la carrera armamentística, los nacionalismos y los honores de reyes y banderas, se precipitaban una y otra vez con fuerza sobre el rio de la guerra. Los hombres que podían crear diques para evitar el desbordamiento se vieron envueltos en una espiral de orgullo, pensando que esa sería la última vez que cederían y que a la próxima no les temblaría el pulso para desenvainar el sable y, en esa época, y lo más pavoroso de todo es que también en la nuestra, no había tantas personas capaces de construir muros para que el torrente de la guerra no se derramase. Las decisiones más importantes dependían del Zar, del Kaiser, del Emperador, e inmediatamente sus redes de alianzas multiplicarían esas medidas por mil y por todo el mundo.

La autora relata la anécdota de como el presidente Kennedy en 1962 en la crisis de los misiles de Cuba se resistió a hacer caso a sus generales belicosos ya que "había aprendido que los militares no siempre tienen razón; pero también acaba de leer Los cañones de Agosto, el extraordinario relato de Barbara Tuchman de como Europa cometió los errores garrafales que condujeron a la Gran Guerra". ¡Benditos los que aprenden algo sin haberlo tenido que sufrir primero en sus carnes!

La gota final fue el asesinato de Francisco Fernando en Sarajevo en el verano de 1914, pero ella sola no hubiese significado nada, ya que antes, las guerras balcánicas habían derramado su contenido en el rio, los generales, reyes y almirantes no cesaban de tirar garrafas al cauce y, una gran mayoría pensaban que una guerra externa haría acallar los problemas internos de sus países, llámense: lucha de clases, corrupción o falta de libertades, esto último significaban caudalosos afluentes llenos de óxido para el torrente de le guerra.

Magnífica obra, esperemos que nos sirva para aprender cómo se puede llegar de un mundo autocomplaciente a la barbarie en pocos pasos.



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